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domingo, 10 de agosto de 2014

Los nombres de las letras

Junto con las letras, también heredamos del latín sus nombres. A diferencia de los griegos, que habían mantenido en esencia los nombres semíticos de las letras, adaptándolos a su lengua (alfa, beta, gamma, etc.), los nombres de las letras en latín -probablemente también por influencia etrusca- son esencialmente fonéticos, ya que se forman a partir de su sonido característico.

Información adicional
En los alfabetos semíticos, el nombre de cada letra es una palabra dotada de significado que comienza con el sonido representado por esa letra; por ejemplo, en hebreo, los nombres de las letras que representan los fonemas /b/ y /d/ son bet ‘casa’ y dálet ‘puerta’, claramente emparentado con los nombres griegos beta y delta.

En el sistema latino, el nombre de las vocales es su propio sonido, mientras que para nombrar las consonantes se añaden al sonido que cada una representa los apoyos vocálicos necesarios para su pronunciación. Estos apoyos vocálicos los proporciona esencialmente la vocal /e/, que es la que requiere menor esfuerzo articulatorio. Los nombres latinos de las consonantes se forman posponiendo esta vocal a los fonemas oclusivos (be, de, ge, pe, te, etc.) y anteponiéndosela al resto (ef, el, em, es, etc.). Las letras c, k y q, que en latín representaban siempre el fonema /k/, añaden a ese sonido una vocal de apoyo distinta en cada caso, para así diferenciar sus nombres: ce, ka, qu, pronunciados en latín [ké, ká, kú] (la c, la más común de las tres, añade la e típica, mientras que las otras dos adoptan la vocal ante la que más frecuentemente se escribía en latín cada una de ellas). La x se denominó ix, dando la vuelta al nombre griego xi, cambio quizá debido a que ninguna palabra latina comienza por el sonido [ks] que esta letra representa. La y -la ípsilon del alfabeto griego- se denominó i/y Graeca (‘i griega’) en atención a su origen, y la z conservó el nombre griego zeta.

Como se ve, los nombres españoles de todas estas letras descienden directamente de sus nombres latinos, con la diferencia de que a los terminados en consonante se les añadió también una e al final: efe, ele, eme, ese, etc. Por su parte, el nombre equis reproduce por escrito, con los apoyos vocálicos necesarios, la secuencia de fonemas que esta letra normalmente representa (/k + s/ ® pronunciación con apoyo vocálico: [ékis]; grafía: equis). El nombre ye que ha venido a sustituir al tradicional de i griega se creó posteriormente por analogía con la pauta denominativa del resto de las consonantes.

Explicación aparte merecen los nombres hache, jota, uve y uve doble.

El nombre hache para la h parece proceder de la denominación francesa de esta letra, préstamo que pudo tener lugar a raíz de la introducción de la escritura carolingia por los monjes cluniacenses a finales de la Baja Edad Media, de donde también tomamos el dígrafo ch para representar el fonema /ch/. El nombre francés hache -al igual que el italiano acca o el catalán hac- parece provenir, a su vez, del lat. vulgar *hacca, forma que responde a la imitación deformada del sonido aspirado que esta letra representa en su origen, y que desapareció muy pronto del latín hablado.

El nombre jota para la j, letra que tiene su origen en una variante gráfica de la i, proviene de iota, nombre griego de esa vocal.

El nombre uve para la v es relativamente reciente y no se incorpora al diccionario académico hasta la edición de 1947 y a la ortografía hasta 1969. Surge de unir los nombres de los dos valores que originariamente tuvo esta letra: u (vocal) + ve (consonante). En un principio, la v se denominaba por escrito v consonante o u consonante por oposición a la u vocal con la que compartió oficios durante siglos. Desde 1869 pasó a llamarse ve, siguiendo la pauta característica de los nombres de la mayoría de las consonantes. Durante mucho tiempo esta fue la única denominación reconocida para la v en las obras académicas, lo que explica su arraigo y actual vigencia en el español de América. El nombre uve nace de la necesidad de distinguir oralmente los nombres de las letras b y v, ya que las palabras be y ve se pronuncian del mismo modo en español. Precisamente esa virtud distintiva del nombre uve es lo que justifica su elección como la denominación recomendada para la v en todo el ámbito hispánico.

Por último, el nombre uve doble para la w es reflejo de esta letra, que nace por duplicación de la uve.

Fuente: Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española. Ortografía de la lengua española. 2011.

domingo, 10 de noviembre de 2013

La letra hache

Me preguntan sobre la función de la letra hache. Si bien es cierto, el lenguaje en general tiene la función primordial de permitirnos la comunicación a los hablantes de una lengua (tanto oral como escrita), es difícil para mí o para cualquier otra persona afirmar que una letra sea útil o no. En general, la determinación de nuestro alfabeto español ha respondido a procesos históricos, donde el uso ha acabado imponiéndose a la larga.

En el caso de la hache, no podemos decir tan solo que se trate de una letra muda y, por tanto, innecesaria para la comunicación; por cuanto además de la hache muda tenemos la hache que junto con la ce forman el dígrafo che y la hache aspirada, que aparece en innumerables préstamos de otras lenguas: dírham, hachís, hámster, haikú, hawaiano, Hegel, Hitler, Doha, entre otros (Ortografía de la lengua española, 2010: 149).

Pero centrándonos en la hache muda (tan atacada y defendida), tenemos que se conserva principalmente por razones etimológicas (principalmente por palabras que proceden del latín y del griego) (anhelar, hiedra, nihilismo, hoy, hemi-, hidro-, hiper-); pero también por razones histórico-gráficas (sencillamente empezaron a ser escritas de esa forma y ese uso se consolidó entre los hablantes cultos de la lengua: huelga, huella, hueso, huevo, deshuesar).

Igualmente, se da el caso de palabras que por razones etimológicas deberían tener hache, pero cuyo desarrollo histórico (en el uso de los hablantes), la ha eliminado en la escritura: asta, endecasílabo, reprender, invierno, entre otras.

En general, no podría afirmar o negar la utilidad de la hache; lo que sí podría decir, como amante del lenguaje y estudiosa de la palabra, que cuando veo que una palabra que en el habla culta requiere la hache no la tiene, siento dolor en los ojos, lo que posiblemente incida en la respuesta que reciba de mí la persona que me escribe.

Aunque la forma de escribir no define a las personas, no puedo creer que alguien que cometa este tipo de exabruptos ortográficos tenga el hábito de la lectura, el cual es fundamental no solo para ser una persona culta, sino también para mantenerse actualizado en cualquier campo del conocimiento. 

Y creo que ahí podría estar el valor de la hache, en que es una muestra del devenir histórico de nuestro lenguaje; del cual nosotros, los hablantes, no podemos extraernos. Somos producto de una historia, historia que se recoge por medio del lenguaje, y no podemos renunciar a ella y empezar de cero. Hacerlo sería renunciar a la experiencia acumulada por la humanidad, la cual nos debería servir para no cometer los mismos errores una y otra vez.